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Agosto

  • 10 oct 2016
  • 14 Min. de lectura

Nunca más. Este agosto ha sido el último que me quedo en casa. Y si vuelvo a quedarme otro, no se entera ni Cristo. Desconecto el móvil y el fijo, no contesto al portero electrónico e intento hacer el menor ruido posible, aunque tenga que quedarme sin probar la carne, o probarla a horas intempestivas. Total… ¡Es verano!, y además… ¡Estoy acostumbrado a no probarla! Por eso grito cuando la pruebo… ¡De alegría! O quizá sea de desesperación…

He comprobado que el quedarse en casa teniendo vacaciones en agosto es el peor ejercicio de supervivencia que se pueda experimentar. Además, nunca se acostumbra uno. Y no penséis que lo digo porque es la primera situación similar por la que paso. No, señores, no… Estoy curtido en estos episodios mundanos, o eso creía hasta hace algo más de un mes. Había sobrevivido a obras a cada paso de la ciudad, el letargo de casi todos los procesos tanto públicos como privados y el aburrimiento de intentar sobrevivir en una ciudad en la que la población disminuye en un 90% en agosto, con una televisión donde la programación es el triple de patética que el resto del año y en los videoclubs no hay estrenos durante todo el mes. Incluso tenía sus cosas positivas, digo tenía porque esta vez han sido insignificantes comparado con todos los demás factores que han rodeado mi infierno estival: poder aparcar al lado de casa y disfrutar de atracciones de las que difícilmente gozaría durante el resto del año sin encontrarte verdaderos obstáculos, como colas, caravanas y otro tipo de aglomeraciones.

Seguramente creeréis que estoy exagerando en mi exposición del problema, pero seguramente cambiaréis de opinión en cuanto detalle todos los avatares y desventuras sufridas durante el ingrato, sibarita y oligarca mes de agosto, ese donde se notan más las diferencias sociales y económicas, ya que solo disfrutan de este período generalmente vacacional los económicamente desahogados y los que tienen familia en el pueblo, aunque a veces es otro acto de expiación el pasar unas vacaciones con la familia. Pero vayamos al grano:

Primero, teniendo en cuenta los factores más comunes de ésta época del año, intentaré reconstruir el ambiente en el cual me encontraba. Vivo en una ciudad dormitorio pegada a Barcelona, Santa Coloma de Gramenet. Como en casi todas las ciudades donde la mayoría de los habitantes son gente trabajadora, la huida al llegar las vacaciones es general y masiva, por lo que casi todos los negocios cierran y las obras de mantenimiento urbano se multiplican. Y aquí comienzan a surgir los problemas, como por ejemplo encontrar un lugar donde echar la primitiva o un estanco donde poder comprar tabaco de liar, ya sé que puedes hacerlo en las grandes superficies, pero soy un hombre de barrio… y además, ¿por qué tengo que desplazarme para hacer algo tan normal como eso? Son pequeñas desventuras que te obligan a buscar por los alrededores bajo un calor de escándalo y el ánimo por los pies cada vez que encuentras un letrero recordándote que están de vacaciones y que no vuelven hasta tal día, para hacerte un lío, pues ya has visitado cinco estancos y cada uno acaba vacaciones un día diferente, así que tendrás que volver a repetir el ingrato paseo más de una vez. Y para más INRI, luego, cuando han pasado las vacaciones te enteras por alguien que no ha estado, de que había un estanco abierto todo el mes de agosto justo a dos manzanas de tu casa y te preguntan con inocencia si es que no sabías que había un estanco en la calle cultura, sin apreciar que estás al borde de la demencia… ¡Pues claro que no lo sabía!, si no no habría pateado inútil y masoquista las calles de la ciudad cerca de mil veces. O aquel que te dice que debes ser más previsor y haber comprado todo el tabaco necesario para pasar el mes antes de las vacaciones. ¡Pero si yo no fumaba antes de que empezaran las vacaciones!

Luego, como ya sabréis y he comentado antes, comienzan todas las obras posibles y te encuentras con las calles cortadas o cambiadas de dirección para la circulación, convirtiéndolas en verdaderas trincheras y haciendo salir a la superficie todos los seres despojados de sus hogares, desahuciados por la mano del hombre… Y, cómo no, tú dispuesto a no darles cobijo en tu casa, así que te provees de varios tipos de insecticida, porque solo hay uno que dice que acaba con todas las especies de insectos, incluso con las que faltan por descubrir, y claro tú no te lo crees, porque la marca no es conocida y es más barato que los demás, el que regalen una mascarilla de gas y un libro de instrucciones con el producto también te hace sospechar…

Casualmente, las obras tomaron por sorpresa el tramo de la calle donde vivo, y no una vez, no, sino tres. Abrieron y cerraron la acera primero por un tema del gas, luego por la instalación de cableado y la tercera para arreglar algo que una de las otras dos había hecho mal. Total, todo el mes de obras, sorteando fosos y trincheras, despertándome cada día más temprano que para ir a trabajar debido al escandalo que producían las máquinas infernales de tortura que se utilizan en estas lides… ¿Las industrias que fabrican esos armatostes no han oído hablar de los silenciadores y de la contaminación acústica?

No fue este el único inconveniente, tampoco podías escuchar música ni mantener una conversación, sobre todo por teléfono. El ruido ha sido lo peor, pero no he de olvidarme de que estas máquinas, los tanques donde depositaban la tierra que extraían y los materiales necesarios para la obra los depositaron en la zona de la calzada donde se permite estacionar a los vehículos, por lo que, encima, me quedé sin la preciada oportunidad de aparcar justo al lado de mi domicilio. Cada mañana, cuando iba a buscar, ya de mala leche por el escandaloso despertador y ronco de gritar para hacerme entender con mis compañeros de piso, el coche aparcado dos manzanas más allá, cuesta arriba y cargado con todos los trastos para estar un par de horas en la playa, no podía evitar que las lágrimas se confundiesen con el copioso sudor.

A la vuelta de uno de esos días de playa, justo cuando me iba a meter en la ducha para despojarme de toda la sal, arena y otros elementos incrustados en la piel, cual parásito, descubrí que no corría agua por las tuberías, ¿qué coño sucedía ahora? No nos habían avisado de nada, pero llamando al teléfono de averías de la compañía del agua se despejó la incógnita: los de la obra de abajo habían roto una cañería perforando y tardarían un par de horas en solucionarlo, al final resultaron ser más de cuatro…Nunca he echado más de menos el imprescindible líquido vital. Y eso no fue todo, otro día, eso sí, previo aviso el día anterior, nos comunicaron que estaríamos cinco horas sin luz, planeamos huir todo el día del domicilio, ¡pero no contamos con el pronóstico del tiempo! y como es habitual en eso que dicen de las desgracias, que nunca vienen solas, cayó tal aguacero, que parecía intentar querer repetir el diluvio universal en tan solo unas horas… En esos momentos me hubiera dado todo igual.

También es duro ver como se van yendo todos los miembros de tu entorno, al final te pones a llorar cuando ves a alguien arrastrando grandes maletas con una sonrisa de oreja a oreja… Pero, de verdad, lo más duro son los encargos que te dejan las personas de mayor confianza de tu círculo. Que si «pasa a regarme las plantas cada dos o tres días…», si estás en la misma ciudad aún, pero que además hayas de hacer una excursión para poder regar las plantas cada dos o tres días…

Pues eso, ahora contaré todo lo que me encargaron de mantener mientras ellos se dirigían a disfrutar lejos de la ciudad.

Uno de los primeros en abandonar la nave fue mi hermana con su familia que me dejaron como huésped un loro, el pobre se ve que tenía problemas emocionales, pues no hablaba y según le comentaron a mi cuñado, el amo del loro, tenía depresión. Yo intenté hacerle la vida más grata colocándolo en el balcón donde podría beneficiarse de una vista a la calle en obras, a ver si así se le pasaban sus problemas. El loro en principio no debía dar guerra, los únicos cuidados que necesitaba eran ponerle agua y comida, taparle para que no le diera el sol directamente y limpiarle la jaula cada dos o tres días, lo recuerdan, cada dos o tres días, ese intervalo temporal se convertiría en una pauta en mi asueto vacacional…Y, al final, sí que dio guerra, bueno más que guerra conllevaría a tener problemillas, ya que mi novia se propuso enseñar a hablar a Rufo, que así se llama el loro, y no se le ocurrió otra cosa que repetirle el himno del Real Madrid casi continuamente, podéis imaginar el tostón, además cuando el loro lo aprendió fue horrible, hubiera preferido que sus desordenes emocionales no desapareciesen, aunque quizás se habían visto incrementados, ya que mientras gruñía el himno se movía repitiendo los mismos gestos una y otra vez como un demente, y lo peor no era eso, sino que mi cuñado es un ferviente seguidor del Barça.

A los pocos días fueron mis suegros los que decidieron emprender el vuelo, yo creo que curtidos en cien batallas más que nosotros, se olieron el desastre que se avecinaba y pusieron tierra de por medio, así que el caniche de su hijo, al cual tenían apadrinado, vino a pasar unos días con nosotros y con el loro, disfrutaría el animal persiguiendo cien especies diferentes de insectos por las trincheras del barrio. La verdad es que no me hizo ninguna gracia introducir otro personaje en nuestro ya copado espacio, y menos el caniche, no hacemos muchas migas él y yo, y si soy sincero creo que al animal, al cual llaman Goliat, tampoco le hizo demasiada gracia el hecho, sobre todo conociendo que iba a pasar día tras día perseguido por los petardos incombustibles de mis hijos pequeños, dos enanos beligerantes con más recursos que Putin.

Total, que ahora, además de la poca faena que daba el loro cada dos o tres días, regar las plantas de mis suegros cada dos o tres días y sacar a pasear a Goliat, para que no se hiciese «nada» en casa, unas cuatro veces al día, tenía que ir a dar de comer al gato de mis cuñados que estaba solo en el piso que tenían en Hospitalet de Llobregat y traerme su coche para ir echándole un vistazo y movérselo de vez en cuando…, o sea, cada vez que realice la excursión hasta su casa a dar de comer y beber al gato, cada dos o tres días, por supuesto. Todas mis pesadillas se hacían realidad, ya nada podría ir peor… Pero, como siempre, me equivocaba. Todo podía empeorar, y así fue…

Goliat era un perro ridículo y de vez en cuando no le aguantaba la vejiga, por lo que convertía mi vivienda en retrete, consiguiendo que los aromas te noqueasen. Además, no era muy listo, la verdad, pues le teníamos prohibido subirse al sofá y cuando tú estabas, obviamente te hacia caso, pero cuando no era así, el tonto animal se subía y, sin moverse de allí, cuando nos escuchaba llegar se ponía a menear el insignificante rabo, quizás mi comunicación con Goliat no era muy buena y el pobre bicho no me entendía, o tal vez me estaba tomando el pelo, aunque por supuesto siempre salía perdiendo él. Pero sigo pensando que no es muy listo pues le volvía loco intentar cruzar la calle cuando pasaban los autobuses, estuve tentado de dejar que lo probase, no se crean. Y esa fue mi perdición, el destino me castigó por mis crueles pensamientos y una noche, después de dar su último paseo, el perro se colocó en el balcón junto al loro. Unos minutos después fue mi hija, la peor pesadilla del perro, la que se dio cuenta de que le había salido un bulto encima del morro y otro en un ojo, viendo que aquello se iba hinchando por momentos nos asustamos, por lo que procedimos a limpiar las zonas afectadas con suero para ver si había sido una picadura de alguno de los diferentes insectos que tenían cogida la calle como parque temático. No fuimos capaces de obtener un diagnóstico y viendo que la cabeza del caniche se iba convirtiendo en la de un buldog, me acerqué a un veterinario de guardia, quien dijo que, seguramente, era una picadura de insecto. Me dio un ungüento y la factura todo sonriente, como pensando: ¡pardillos…! Luego nos dijo que si en un día no remitía la hinchazón que volviésemos, casi frotándose las manos… Unas horas después comprobamos que la hinchazón más que desaparecer se desplazaba de zona, bajó por la quijada del animal y luego fue resbalando por el cuello hasta que volvió a tener la cabeza de lo que era, un caniche, aunque con algo de papada. Finalmente en un día desapareció de nuestra vista, la hinchazón, Goliat seguiría con nosotros algunos interminables días más.

No se acaban aquí las desgracias: en una ocasión en que debía acudir a dar de comer al gato, del cual no recuerdo el nombre, el coche que habían dejado a mi cuidado no le dio la gana de arrancar, así que tras más de media hora de probar arrancarlo y levantar el capó para amenazar con la mirada al motor para que desistiese de su execrable actitud, hube de realizar una de las acciones que más pánico me dan en esta vida: visitar al mecánico. Casi se me para el corazón en señal de solidaridad con el coche después de comprobar que el de más confianza que conocía estaba cerrado. Hube de recorrer media ciudad a la búsqueda del mecánico perdido. Conseguí dar con uno, le echó un vistazo al motor y tras pocos minutos de observación y toqueteo obsceno me dijo que era el carburador y que por tanto la broma me saldría por unos ¡trescientos euros! El terror me atenazó el cuerpo y de ello se debió dar cuenta el mecánico que añadió:

—Más o menos lo que vale el coche.

Le di las gracias por sus declaraciones y le pregunté si le debía algo con el temor de que me dijera que sí y la esperanza ilusa de que me respondiese que no, y lo hizo, me dijo que nada, y ante la grata sorpresa, gilipollas de mí, le ofrecí una propina que él rechazaba pero, ante mi insistencia, finalmente aceptó.

—Para un café… — le dije.

¡Inconsciente de mí!, con los nervios no recordaba que no tenía nada suelto así que hube de obsequiarle con el café más caro que recuerdo: ¡veinte euros!

Una vez más calmado pensé en acudir a un desguace a ver si podía conseguir solucionar el problema más económicamente. Allí me dijeron que ellos no se desplazaban, que si quería que lo cambiasen ellos debía llevarles el coche con una grúa, lo cual generaría un gasto de más de cien euros (grúa más cambio de carburador) a parte de los sesenta que me pedían por la pieza. Finalmente me convencieron para que lo cambiara yo mismo, pues era de lo más sencillo me habían comentado. Me apunté en un papel todos los pasos que debía seguir para salir victorioso en la nueva aventura mecánica que me disponía a iniciar y todo fue inútil, porque no lo conseguí. Después de casi desmontar el carburador estropeado, me lié y no supe como continuar, tras más de tres horas mirando, sufriendo tanto psíquica como físicamente (tomé cien posturas anatómicamente imposibles que consiguieron que me doliesen hasta las pestañas), sudar copiosamente y manchar de grasa la camiseta (mi último y caro capricho) y las bermudas que llevaba. Totalmente derrumbado me di por vencido, pero al menos había conseguido colocar en su sitio el carburador antiguo, aunque no intenté arrancar el motor, por miedo a que explotara, además si el carburador estaba roto…

Una vez en casa, mi novia, encima, me echó una bronca de órdago. Además de diminuto me sentí caído en desgracia y víctima de la cólera de todos los dioses venerados y sin venerar. El derrotismo se apoderó de mi mente y mi cuerpo estaba agotado, maltrecho y sucio. Y eso no quedó ahí. Ahora debería dar la noticia a la dueña del coche y gastarme unos ciento y pico euros más… No lo hice hasta el día siguiente, un poco repuesto de la jornada anterior. La sorpresa fue mayúscula cuando mi cuñada después de contarle lo que había sucedido, ocultándole mi intento de arreglarlo yo mismo, por supuesto, me dijo que a veces hacía eso el coche, se le había olvidado decírmelo, y que dejándole reposar durante unas horas seguramente volvería a arrancar, toda optimista ella.

—¡No te preocupes, ya sabes como son los coches viejos!—, soltó feliz mientras yo parecía ir menguando hasta convertirme en el ser más pequeño del planeta…

Y lo peor, o lo mejor quizás, es que el coche arrancó a la primera, tras lo cual en lo más profundo de mi cuerpo fue imposible que no se asegurara que había sido así gracias a mis manipulaciones en el carburador el día anterior.

Unos días más tarde fueron mis padres que viven a dos calles de la mía los que marcharon unos días fuera y, ¡cómo no!, me pidieron que les regase las plantas de vez en cuando, unas más no importaban ya…

El primer día que me propuse hacerlo aproveché para pasear a Goliat, así que lo subí a casa de mis padres, craso error, pues desconocía que el maldito chucho es adicto a la hierba. Mientras yo llenaba la regadera en la cocina él dejó en un estado verdaderamente lamentable la joya de la corona de la terraza de mis padres: el jazmín. Instantes antes esplendoroso y que agasajaba con una fragancia extraordinaria. Mientras lo regaba con la regadera y algunas lágrimas vertidas por mí y el asolador can que en esos momentos me miraba con cara de pena, la misma con la que aguardaba encima del sofá cuando entrábamos en casa, mi mente buscaba soluciones desesperadas ante el desgraciado accidente. Comprobé que por mucho que intentase enderezar los tallos con cinta aislante verde y fijar con pegamento los trozos de flor esparcidos, mis padres se percatarían de la violación cometida sobre la planta. Así que sopesé el intentar resolver el problema buscando otro jazmín similar, aunque estaba totalmente seguro de que incluso si encontraba el hermano gemelo del jazmín víctima de las fechorías del chucho ruin y desenfrenado, mi madre se daría cuenta, no sé cómo, pero estaba seguro de que lo descubriría. Finalmente descolgué a Goliat de la terraza, quien con restos de la flor del jazmín todavía en el hocico se comportaba como si no hubiese hecho nada malo y, totalmente abatido, me decidí a adentrarme en la búsqueda del clon del jazmín de mis padres, ardua tarea… ¿Cuánto me costaría la broma esta vez?

Poco a poco, al fin, fueron retornando todos aquellos beneficiarios de mis labores de mantenimiento y las salidas se fueron reduciendo, así como los animales tutelados. Rufo en señal de bienvenida a su amo le cantó el himno del Madrid y vista la cara de sorpresa del mismo, hasta el momento, que yo sepa, no ha vuelto a hablar ni a cantar. Ni Rufo, ni mi cuñado. A Goliat también le llegó la hora… de marcharse de casa, y lo hizo con la misma cara que ponía en casi todo, la cariátide canina por fin desapareció de mi vista y pude respirar tranquilo, pero por poco tiempo, porque instantes después de la marcha del mejor amigo del rey de los Hunos, noté como la mucosidad me impedía respirar con comodidad, pasé una noche fatal y al día siguiente acudí al médico pues había tenido décimas de fiebre. Pillé una gripe galopante que me tuvo postrado en la cama, y más tarde el sofá, del cual y a pesar de haber pasado la aspiradora diez veces desde que se fuera el descendiente de Cujo, todavía salían pelos del ingrato animal. Estuve cinco días sin poder moverme de casa y, cuando me restablecí, tan solo me quedaban dos días de vacaciones. Volví a sonreír y mirando al cielo para dar las gracias noté como se me humedecía el rostro. Entonces abrí los ojos y comprobé el causante: unos nubarrones oscuros y llorosos me amenazaban, corrí a casa y conecté el teléfono para llamar al psiquiatra, ¡unos nubarrones me perseguían!, uno tenía la forma de un Loro, otro era semejante a la de un carburador y la última, la más amenazadora, era la viva imagen de Goliat con cara de Buldog y parecía que sonreía… Una mueca horrenda, llena de socarronería, y no era que llorase, le dije al doctor, sino que Goliat tenía la pata levantada como ya sabe usted lo que hacen los perros cuando huelen un árbol o un neumático. El doctor me dijo que podía ser cosa del estrés post-vacacional incrementado por las fiebres altas de la gripe que había pasado, todo ello a la par que me obsequiaba con la exorbitante factura. Total que si en un par de días no dejaban de perseguirme los nubarrones que fuese a su visita de nuevo, añadió cuando yo ya me disponía a abandonar la consulta. Y justo cuando me iba me llamó de nuevo para hacerme un inciso: que no fuese tan mal pensado, que seguramente los cientos de recados y llamadas que me había dejado mi madre eran porque tendría ganas de verme después de las vacaciones… No dudé que mi madre tuviera ganas de verme, lo que no sabía era cómo quería verme… No se me ocurrió otra cosa que preguntarle si entendía de jazmines, pero no esperé respuesta al observar como volvía a repetir de nuevo el ya familiar gesto de frotarse las manos...

 
 
 

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